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Investigadores internacionales, liderados por la UPNA, abogan por incluir la prescripción individualizada de ejercicio físico en muchos de los tratamientos médicos

“El desafío del futuro es integrar programas de ejercicio físico para pacientes de entornos sanitarios”, afirma el autor principal de este consenso científico, el catedrático Mikel Izquierdo


FotoUPNA/
Mikel Izquierdo Redín, investigador de la UPNA.

05 | 08 | 2021

Texto

Un consenso científico, suscrito (bajo el liderazgo de un catedrático de la Universidad Pública de Navarra) por los mayores expertos mundiales en prescripción de ejercicio físico, sostiene la necesidad de pautar, de forma individualizada, programas de ejercicio físico para personas mayores, “sin límite de edad e independientemente de su estado de forma, en un esfuerzo por mejorar su independencia funcional, bienestar psicológico y calidad de vida”. Este planteamiento se recoge en un artículo recién publicado en la revista “The Journal of Nutrition, Health & Aging”, cuyo primer autor es el investigador de la institución navarra Mikel Izquierdo Redín. El citado artículo plantea también que el desafío para el futuro consiste en “integrar los programas de ejercicio físico en la atención a las personas mayores en los entornos sanitarios —hospitales y centros de salud— y geriátricos”. “Las intervenciones con ejercicio físico en algunos de estos pacientes son actualmente más útiles que las farmacológicas”, añade el investigador de la UPNA.

Los autores del citado artículo recuerdan el papel terapéutico del ejercicio físico como “una estrategia adecuada para la prevención y el tratamiento tanto de la enfermedad como de la disminución de la capacidad funcional asociada a la edad”. “La práctica insuficiente de actividad física y el exceso de conductas sedentarias son potentes factores de riesgo de mortalidad por distintas causas —cardiovascular, obesidad, sarcopenia, fragilidad y discapacidad—, entre otras enfermedades crónicas asociadas con el envejecimiento —señala Mikel Izquierdo—. Por el contrario, con la práctica regular de actividad física adecuada y saludable, estos cambios a peor en la capacidad muscular y aeróbica con la edad se atenúan sustancialmente”. 

“El ejercicio y la actividad física mejoran las funciones del cuerpo y la calidad de vida —prosigue el investigador— y reducen la carga de enfermedades crónicas no transmisibles y la mortalidad general prematura, incluidas las muertes relacionadas con enfermedades cardiovasculares, cáncer y otras dolencias crónicas del tracto respiratorio inferior. En la actualidad, basándonos en la evidencia científica, no sería ético no prescribir ejercicio físico a las personas cuando van al médico o están ingresadas en los hospitales”.

El ejercicio, ausente de la medicina geriátrica

Pese a sus múltiples beneficios, el ejercicio no está completamente integrado en la práctica de la medicina geriátrica. “Todavía está ausente de la formación básica de la mayoría de los geriatras y de otros profesionales sanitarios”, afirma Mikel Izquierdo, investigador también de Navarrabiomed (centro de investigación biomédica de la UPNA y el Gobierno de Navarra). “Además, pocos estudios han explorado el papel potencial de las pautas de actividad física adaptadas a cada individuo para maximizar los efectos relacionados con el ejercicio en las funciones del cuerpo, en la capacidad para realizar actividades de la vida diaria o en otros ámbitos de la capacidad humana, como la reducción de los déficits cognitivos, psicológicos o sensoriales —de visión o audición—, de locomoción o de la vitalidad en los adultos mayores”.

El artículo incluye datos de ensayos controlados de forma aleatoria que demuestran los efectos favorables de modalidades específicas de ejercicio físico sobre los cambios fisiológicos relacionados con la edad, la prevención de enfermedades y el tratamiento de adultos mayores con enfermedades crónicas y discapacidad. “Ofrecemos recomendaciones para abordar las lagunas de conocimiento y las necesidades de implementación clínica en este campo”, apunta Mikel Izquierdo, que se basa, para ello, en el proyecto que lideró, denominado Vivifrail, que consistía en un programa individualizado multicomponente ideado para promocionar el ejercicio físico en las personas mayores de 70 años. Esta iniciativa, seleccionado en 2017 como “buenas prácticas” por la Comisión Europea, permitió diseñar un programa de entrenamiento que combina ejercicios para la mejora de la fuerza muscular, el equilibrio y la marcha. 

Durante los dos años del proyecto, participaron 960 personas mayores con problemas de fragilidad de siete países europeos (Alemania, Bélgica, España, Francia, Italia, Reino Unido y República Checa). La mitad del grupo siguió el programa de ejercicios dos días a la semana, durante 45 minutos, más un programa de educación nutricional. Tras un año de intervención, se observó que, en comparación con el grupo de control, quienes habían realizado el programa de actividad física habían mejorado varios parámetros de manera significativa: habían ganado en fuerza y funcionalidad y logrado mayor autonomía. También consiguieron una mejora cognitiva y una disminución del dolor.

Además, según sus resultados, la práctica de ejercicio físico tiene un coste favorable para los servicios sanitarios. Los investigadores calcularon que se ahorran alrededor de 700 euros por paciente al año.

Investigadores de cuatro continentes

En este consenso internacional recién publicado, participan 36 investigadores de 16 países de América, Asia, Europa y Oceanía, considerados los mayores expertos en prescripción de ejercicio físico del mundo al haber publicado relevantes ensayos clínicos sobre los efectos del ejercicio físico en la salud y la calidad de vida de las personas, en especial, de las de mayor edad. Pertenecen, entre otras, a entidades de Alemania (Hospital Universitario Charité de Berlín), Australia (universidades de Melbourne y Sídney), Brasil (Universidad de Río Grande del Sur), Canadá (Universidad de Quebec), España (CIBER de Fragilidad y Envejecimiento Saludable-CIBERFES y Navarrabiomed-UPNA), Estados Unidos (Instituto Nacional de Envejecimiento y universidades de Florida, San Luis y Tufts), Francia (Hospital Universitario de Toulouse), Italia (universidades de Milán y del Sacro Cuore de Roma), Reino Unido (King’s College de Londres) y centros nacionales de geriatría y gerontología de Corea del Sur, Japón, México y Taiwán.